Delft, 11 de abril de 2017, 4:28 a.m habitación 16 Hotel Grand Canal.

Después de una mañana y una tarde magnífica y doble ración de té a las 10 de la noche con mi amigo holandés Gerard, lo menos que podía esperar es tener ojos cómo platos a éstas horas de la madrugada. Al exceso de teina, el cual parecía haberse instalado en mi cuerpo, se le sumaba la siguiente situación. Justo antes de empezar a entrar en la primera fase  del sueño, aquella en la que parece imposible mantener los ojos abiertos o sujetar un lápiz,  cuando crees estar en éxtasis porque empiezas a confundir la realidad con la ficción, justo en ese momento, empecé a escuchar el sonido del amor en estado puro de la pareja de mi habitación contigua. Y aunque me dificultaba en cierto grado, alcanzar esa fase tan maravillosa, permanecía feliz , sabiendo que al otro lado se estaba dando y recibiendo amor a quemarropa.

Hace un par de días, decidí empezar a leer uno de los dos libros que me compré. Pues, aunque pequeña, existía la posibilidad de que me quedara mucho tiempo libre para la lectura y decidí gastarme la pasta y aprovechar el tiempo para el aprendizaje. El tiempo para el aprendizaje es aquél que un sector de la población acostumbra a llamarle tiempo de o para el aburrimiento.

Antes de abrir el libro, decidí buscar un lugar de Delft en el que me encontrara segura y relajada, a la par de bonito y pintoresco. Este ejercicio no fue nada fácil, pues subida a mi bicicleta BH, me hubiera parado justo al salir por la puerta del hotel. Así que, con mi fashion look a lo Charlize Theron y con mi libro en la cesta de mimbre, pedaleé a un ritmo dominguero que me permitiera observar y sentir la energía que me emitían los diferentes lugares por los que iba pasando.

Al poco tiempo, cómo era de esperar, encontré mi lugar. Desde que tengo uso de razón, recuerdo no haber hecho demasiado uso del consejo “ busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo”. A menudo me dejo llevar por el subidón emocional que me aporta el estímulo interno y/o externo y la parte del “compare” me la salto. Así que acabo utilizando la primera y la última palabra: Busque y compre. Pim pam. Así de sencillo. Sin complicaciones. Las complicaciones vienen después, por saltarme la fase del compare, pero para entonces, existe la otra frase que me ayuda a compensar la pifia: “que me quiten lo bailao”. De echo me he pasado más vida bailando que comparando.

Una vez sentada en mi banco de la calle con vistas al canal, empecé a leer, y tras 4 capítulos leídos con mucha atención, alcé la mirada para inspirar profundamente y contemplar las vistas. De manera fugaz, gracias a mi sano órgano visual, se activó mi radar sensitivo y detecté la presencia de dos patos dormitando plácidamente justo a metro y medio de mi despliegue dominguero.

Los contemplé durante un largo periodo de tiempo. Lo suficiente como para que otra persona se parase también a observarlos debido a mi extraño interés. Estoy casi segura de que si hubiera pasado un autobús lleno de turistas y se hubieran detenido, hubieran pagado entrada para ver a esos dos encantadores patos. Y es que, ya se sabe, si quieres que tu negocio atraiga a clientes nuevos, no hay más que contratar a unos cuantos figurantes para que hagan cola y woala! Automáticamente la gente que pasea por allí, se detiene para hacer cola y consumir aquel producto tan demandado, al menos por una ocasión.

El observar la paz con la que permanecían el uno junto al otro, provocó en mí un bienestar emocional que me invadió profundamente. Ésta sensación de bienestar posee una sólida justificación con base científica. Existe un artículo publicado en Environmental Science & Technology del doctor Ian Alcock, de la escuela de Meditación de Exeter *(Reino Unido), en el que estudia la relación evolutiva de la salud mental con tres factores independientes: el matrimonio, la lotería y la naturaleza. Este estudio concluye que la naturaleza aporta más satisfacción que el matrimonio y la lotería, atribuyendo un beneficio mental cotidiano y duradero a las personas que están en contacto con ella.

De repente, uno de los dos patos se zambulló en el agua y lo que sucedió a posterior, fue verdadero arte. El proceso que llevó a cabo para sacarse de encima el exceso de agua fue realmente majestuoso. Al igual que yo cuando salgo de la ducha, que para mojar el suelo lo menos posible, una vez colocados mis pies en la alfombra de baño o alguna otra cosa que se le parezca que sirva para poner los pies , ando caminando cómo un pato sin prisa pero sin pausa, arrastrando mis pies hasta llegar a la cama de mi dormitorio, secarme ultra rápido y colocarme la ropa, que ni sube ni baja por la acción de la piel todavía mojada.

De nuevo, su pico y sus silenciosas sacudidas actuaban de un modo coordinado, al igual que la mano derecha e izquierda de mi experienciada peluquera y amiga Raquel cuando utiliza el secador y el cepillo para sorprenderme con un peinado trending topic. Y así, sin más, continuó caminando, alejándose y dejando tras él un rastro de huellas “pactilares”(dactilares)*por cada paso que daba.

En cuanto al otro amiguito, decir que se despidió de mi un pato a la francesa, que aunque parezca un plato de menú de un buen restaurante, no lo es. Digo el plato no el pato, pues quizá si que había migrado desde Francia, pero ese dato lo desconocía. En fin, sólo puedo añadir que cuando giré mi mirada, ya no estaba allí.

Es desde entonces, que cada vez que me invade un estado de nervios provocado por algún acontecimiento, anclo y los imagino mostrando tanto su paz y tranquilidad cómo sus movimientos lentos y funcionales. Y así, sin más, pude sumar un anclaje positivo* en mi libreta mental. Cada vez que necesito paz, paro, respiro y revivo la escena y, la verdad, me va muy bien.

Gracias patos por ofrecerme éste gran regalo, intentaré ser mas patosa que ayer y así poder mejorar mis movimientos mañana. Sinceramente.

Alis

*El anclaje positivo es una técnica que permite recuperar, cuando uno lo desea, el estado físico y emocional vivido durante un momento feliz.

Guardar

Guardar