En muchas ocasiones, nuestra sociedad occidental se nutre de afirmaciones erróneas que tras escucharlas en repetidas ocasiones pueden desencadenar falsas creencias en el propio ser humano y modificar su conducta en una dirección equivocada. Son ejemplo las frases cómo “Lo que no has podido aprender de pequeño, de mayor no lo harás” o otras cómo “Es demasiado mayor para aprender” o “A partir de cierta edad lo que no has aprendido ya, olvídate”. Si bien es cierto que si exponemos a debate las anteriores afirmaciones, estas pueden esconder cierta razón en aspectos muy concretos, es mas cierto que, utilizadas en el contexto de aprendizaje, entendido éste desde su concepto más amplio, pueden dar pie a profecías que se autocumplan en nosotros mismos, generando así una creencia autolimitadora que puede obstaculizar decisiones en la adultez, cómo la de estudiar un nuevo idioma o adquirir una nueva habilidad.

Las frases erróneas, explican Blackemore y Frith en Cómo aprende el cerebro responden a teorías anteriores muy arraigadas de científicos cerebrales que defendían que los primeros años de vida, el cerebro, estaba provisto de todas las células que llegaría a tener, y que la edad adulta representaba una espiral descendente de pérdida de células cerebrales y de deterioro del aprendizaje, la memoria y la ejecución en general. Recientemente, la ciencia ha determinado que partes del cerebro como algunas regiones del hipocampo, desarrollan un rol crucial en el aprendizaje, pudiendo hacer que crezcan células madre neurales nuevas que generan nuevas neuronas cada día, a lo largo de toda la vida y establecer nuevas conexiones gracias a la neurogénesis.

Estas investigaciones dejan atrás las ideas pesimistas del aprendizaje en la adultez y ponen de manifiesto que el cerebro, aun envejecido, es flexible y puede aprender. El nacimiento de nuevas neuronas, la neurogénesis, unido a la muerte neuronal, hace que la estructura cerebral se modifique a lo largo de todo el ciclo vital, permitiendo al cerebro ajustarse al ambiente cambiante y a la experiencia.

Esta flexibilidad del cerebro para responder y adaptarse continuamente a las demandas ambientales se produce gracias a la plasticidad. A igual que ocurría con la neurogénesis, las investigaciones determinaban que sólo los cerebros infantiles eran plásticos y los primeros tres años de vida de un modo especial. Sin embargo, en las últimas décadas se ha confirmado que el cerebro retiene su plasticidad a lo largo de toda la vida.

Así podemos determinar que el cerebro humano adulto es capaz de aprender desde la infancia hasta la vejez  y es el encargado de poner límites en el aprendizaje determinando lo que puede ser aprendido, cuánto y con que rapidez, el resto… son frases hechas.

“En muchas ocasiones, nuestra sociedad occidental se nutre de afirmaciones erróneas que tras escucharlas en repetidas ocasiones pueden desencadenar falsas creencias en el propio ser humano y modificar su conducta en una dirección equivocada”.